Yelidá : selección / Tomás Hernández Franco.
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TextLanguage: Spanish Publication details: Santo Domingo : Familiares de Tomás Hernández Franco; Editora Nacional, 2006Description: 42 pISBN: - 9945420100
- 861.42
- 118 PQ 7409 H557y 2006
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Libro
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Biblioteca Juan Bosch | Biblioteca Juan Bosch | Recursos Regionales | Recursos Regionales (2do. Piso) | 118 PQ 7409 H557y 2006 (Browse shelf(Opens below)) | 1 | Available | 00000028422 |
Nació en Tamboril, Santiago el 29 de abril de 1904. Poeta narrador y ensayista. Hizo sus estudios pri-marios en Tamboril bajo la orienta-ción del educador venezolano Adán Aguilar y se recibió de Bachiller en Santiago de los Caballeros. Desde muy joven trabajó como redactor del periódico vegano El progreso y de La Información de Santiago. En 1921 se trasladó a París donde vivió hasta 1927. Allí inició los estudios de Derecho en La Sorbona, pero no terminó la carrera. Sin embargo, los seis años que permaneció en la capital francesa les permitieron entrar en contacto con la cultura y la literatura europea de la época. Su adhesión a la política trujillista, expresada desde el ascenso al poder de Rafael Leonidas Trujillo Molina en 1930, le fue compensada con nombramientos en cargos diplo-máticos y en misiones culturales en varios países europeos y latinoame-ricanos. Fue Oficial Mayor de la Secretaría de Estado de Agricultura, Encargado de Negocios en La Habana, Ministro Plenipotenciario en Puerto Príncipe, Cónsul en Amberes y Cónsul el El Salvador. Su espíritu inquieto y, ocasionalmente, aven-turero lo motivó también a viajar por los Estados Unidos, Alemania, In-glaterra, España, Holanda, Italia, Panamá, Costa Rica, Guatemala, México y Puerto Rico. Dirigió, junto con Héctor Incháustegui Cabral, Rafael Díaz Niese, Emilio Rodríguez Demorizi y Pedro René Contín Aybar, los Cuadernos Dominicanos de Cultura. Su texto más importante es el extenso poema épico Yelidá, que plantea sucintamente la posi-bilidad de una fusión entre la raza blanca, representada por el noruego Erick, y la negra, representada por la haitiana Suquiete, que dé como resultado una tercera raza, la mu-lata. Para algunos críticos, entre ellos José Alcántara Almánzar, Hernández Franco no reivindica al negro porque en el poema el blanco termina imponiéndose. Pese a eso, Yelidá ha colocado a Hernández Franco entre los poetas domini-canos más destacados del siglo XX. Murió en Santo Domingo el 1 de septiembre de 1952.
Yelidá", es "el enfrentamiento de dos mitologías por recuperar la sangre que les pertenece, por un lado Damballá-Queddó, Badagris, Wangol y el papaluá Luipié del voudu, y por el otro los liliputienses dioses infantiles de la nieve, los duendes del trineo y del reno". Este poema resume el sincretismo frondoso de nuestras Antillas. Las querellas y el connubio entre las raíces africanas y europeas, mitos, sentimientos y cosmovisiones, implantándose en territorio común, azuzados por el látigo de las metrópolis, y más aun por las contingencias y el involucramiento minucioso de los dioses. Yelidá es hija de Madam Suquí, que antes había sido mamuasel Suquiete: "virgen suelta por el muelle del pueblo hecha de medianoche a toda hora con hielo y filo de menguante turbio grumete hembra del burdel anclado calcinada cerámica con alma de fuente himen preservado por el amuleto de mamalúa Clarise eficaz por años a la sombra del ombligo profundo". El padre de Yelidá es Erick: "el muchacho noruego que tenía alma de fiordo y corazón de niebla (...) En el más largo mes del año había nacido en la pesquera choza de brea y redes salpicadas por las olas (...) Y Erick creció en su idioma de anzuelo y de corriente (...) como todos los muchachos de la playa mitad Tritón y mitad ángel. (...) a los quince años conocía mil golfos y sin contar el ya remoto y salobre seno de la madre ni un solo pensamiento de Noruega le había caminado entre las cejas rubias. (...) A los veintidós años Erick tenía la mirada gris azul densa de su alma puesta en dique y una voluntad de timón y quilla por llegar a las islas de las montañas de azúcar donde —decía su tío— las noches olían a cedro como las barricas de ron". Pero al fin y al cabo, advierte el poeta, esta no es la historia de Erick y Madam Suquí, sino de Yelidá, la que vino al mundo: "en un vagido de gato tierno y mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí alegre de todos sus dientes y de sus formas rotas por el regalo del marido rubio y Yelidá estaba inerme entre los trapos con su torpeza jugosa de raíz y de sueño pero empezó a crecer con lentitud de espiga negra un día si un día no blanca los otros nombre de vudú y apellido de káes lengua de zetas corazón de ice-berg vientre de llama hoja de alga flotando en el instinto nórdico viento preso en el susurro de la noche con fogatas y lejana llamada sorda para el rito". La nacida de vientre retinto y vientre claro, parte y ajenidad en las germinaciones, se desplaza por los fueros de la hibridez. Opresión e instinto desplegando arroyos de follajes, relámpagos y sal. Marisma íntima, las sangres/memorias heredadas que en pasión se desatan. Así, en el vientre de Yelidá "se le dormía la música y la danza". "asesina del viento perdido entre los dientes de la gruta ahí se estaba vegetal y ardiente en humedad de hongo y de liquen caliente como lo caliente cosa de hoja podrida fermentada en penumbra tiempo y luna hecha de filtro y de palabra rara en el agua del charco con su verde y su larva y su ala a medio nacer y su andar de meteoro Yelidá deshojada a sí y a no por éxtasis de blanco y frenesí de negro profunda hacia la tierra y alta hacia el cielo en secreto de surco y en místico de llamas". Las raíces negras y las raíces blancas se embellecen en aleatorias desembocaduras amorosas. Ambiguo es el final, propio a lo que aún está ocurriendo, a lo que no cesa de suceder. Yelidá-isla, la aventura de sus habitantes, sigue siendo. Pausada como desplazamiento de medusas, apuesta al meridiano caos del continuo alumbramiento. Hernández Franco transgredió su propio accionar político para fundar en la historia larga, en la historia vista como paisaje3, una noción integradora y distintiva de lo que somos. Yelidá no es como Erick, ni tampoco como Madam Suquí, ella tiene que dar con su propio proyecto de existencia.
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